Desde Chiloé

Hasta pronto

Julio 17, 2009 · 3 comentarios

Este blog se toma unas vacaciones. Seguiré ocupándome de Animaladas y Uhandreak, pero Desde Chiloé descansará hasta algún día de finales de agosto. Quizás me encuentre con alguna historia que me empuje a interrumpir momentáneamente el retiro, o las cosas se pongan peor con la gripe A. Por cierto, las autoridades sanitarias están siendo insinceras, pero ese es otro tema y ya casi estoy de vacaciones.

Una última nota: anteayer, miércoles, empecé en el programa Graffiti de Radio Euskadi una colaboración que, de momento, se mantendrá durante los meses de verano. Todos los miércoles, entre 19h 35min y 19h 55min, hora española (GMT +2), (aproximadamente) contaré historias de animales en un espacio al que hemos llamado “Vaya fauna”. Para quienes vivís en Euskadi, lo podeis sintonizar en el dial (FM 91′65 MHz); para los que estais lejos, podeis recurrir a internet.

Hasta la vista.

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Morir y matar en tiempos de crisis

Julio 16, 2009 · Dejar un comentario

Por cada punto porcentual de subida de la tasa de paro en los países europeos, el número de suicidios aumenta un 0’8% y otro tanto se eleva el número de asesinatos. Esto significa 310 muertes más al año por suicidio en el conjunto de Europa y 40 muertes más por asesinato. Sin embargo, disminuyen un 1’39% la muertes en accidentes de tráfico, lo que significa que mueren 630 personas menos al año por esa causa.

Si la subida del desempleo, en vez de ser de un punto porcentual, es de tres puntos, entonces las muertes por suicidios llegan a elevarse un 4’45% (1.740 muertes más) y las muertes por consumo abusivo de alcohol se elevan en un 28% (3.500 muertes más).

Los datos anteriores son ejemplos; no recogen de forma exhaustiva todas las posibles causa de muerte. En ningún caso las subidas del paro son beneficiosas en términos netos, porque el efecto sobre el conjunto de las muertes en menores de 65 años siempre es positivo.

También es importante el hecho de que los efectos del desempleo no son iguales en unos y otros países. Cuanto más ayuda social hay, menor es el efecto negativo de aquél. Así, por cada 10 $ gastados por persona en políticas activas de empleo, disminuye un 0’038% el efecto del desempleo sobre la tasa de suicidios.

Estos datos proceden de un trabajo publicado en la edición digital de la revista The Lancet (doi:10.1016/S0140-6736(09)61124-7) el pasado día 8 de julio. Los autores (D. Stuckler y col) analizan la incidencia de las condiciones socioeconómicas sobre tasas de mortalidad de personas de menos de 65 años de edad. Para ello, han utilizado datos de mortalidad, PIB, empleo y gasto en Seguridad Social correspondientes a 26 países de la Unión Europea desde 1970 hasta 2007. El artículo se titula “The public health effect of economic crises and alternative policy responses in Europe: an empirical analysis”.

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El efecto “n”

Julio 15, 2009 · Dejar un comentario

Dos investigadores del comportamiento, S. García (Michigan, EEUU) y A. Tor (Haifa, Israel), analizando los resultados de una prueba (SAT) que se realiza en los Estados Unidos para acceder a estudios universitarios, han observado que dichos resultados son peores cuanto mayor es el número de personas que realizan la prueba en una misma dependencia. También han observado el mismo fenómeno al analizar los resultados de una prueba analítica muy sencilla, denominada “Cognitive Reflection Test”.

Ese fenómeno podía tener más de una explicación. Podía deberse a que en los sitios con mucha gente hay más ruido y, en general, más distracción, u obedecer a un fenómeno de base psicológica, en el sentido de que los resultados estaban condicionados por la percepción que tenían los examinandos del número de posibles competidores.

Para dilucidar la cuestión, los investigadores hicieron investigaciones adicionales. En una primera, pidieron a un conjunto de estudiantes universitarios que realizaran una prueba sencilla lo más rápido que pudiesen, sin preocuparse demasiado por la corrección de las respuestas y ofrecieron una recompensa económica al 20% que lo hiciesen en menos tiempo. A la mitad les dijeron que competían contra otros diez y a la otra mitad, que lo hacían contra otros cien. Pues bien, la mitad que pensaban que competían contra diez respondieron al test en 29 s y la otra mitad en algo más de 33 s, una diferencia de más de un 10%. Es curioso que el resultado difiriese por el simple hecho de variar el número de competidores, sobre todo si se tiene en cuenta que el porcentaje premiado era el mismo en ambos casos, el 20%, como se ha dicho.

En una segunda prueba pidieron a unos estudiantes que imaginasen que participaban en una carrera de 5 km; unos creían que corrían en un grupo formado por 50 corredores y los otros que el grupo era de 500, y en ambos casos se les dijo que el 10% que obtuviese mejores posiciones se llevaría un premio de 1.000 dólares. Y lo que se les preguntaba era por el esfuerzo que estaban dispuestos a hacer en cada caso. El esfuerzo se expresaba en términos relativos, con un mínimo de 1 (correr algo más rápido que lo normal) y un máximo de 7 (la carrera más rápida de su vida). Resultó que los que creían correr contra 50 estaban dispuestos a realizar un esfuerzo mayor (5’4 en la escala de 1 a 7) que los que creían correr contra 500 (4’9 en esa misma escala).

En el artículo en el que han publicado los resultados (Psycological Science, vol. 20: 871-877), los autores del trabajo denominan efecto “n” (n de número en lenguaje matemático) a la influencia que ejerce la percepción del número de competidores sobre el esfuerzo que se está dispuesto a hacer para obtener unos resultados en un entorno competitivo. De confirmarse estos resultados, las implicaciones prácticas son evidentes, aunque no lo es tanto su significado. Es comprensible que se gradúe el esfuerzo en función de lo fácil o difícil que se perciba obtener recompensa cuando el número de recompensados es fijo, pero carece de sentido que esa misma graduación se haga cuando es un porcentaje el que recibe premio. Me inclino a pensar que, dado el proverbial anumerismo de la mayoría de los miembros de nuestra especie, los sujetos encuestados responden sin una noción clara de esa diferencia y pensando que la existencia de muchos competidores disminuye de suyo las posibilidades de obtener recompensa. De ser así, cabe pensar que la evolución nos ha dotado de una curiosa herramienta mental para economizar esfuerzos, sobre todo cuando pensamos que esos esfuerzos pueden ser baldíos. Pero la confusión número-porcentaje, a la que tan dada es nuestra especie, nos engaña una vez más.

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Los derechos de los cangrejos

Julio 14, 2009 · 4 comentarios

Leo en el último número de New Scientist (11 de julio de 2009) un artículo de opinión acerca de los derechos animales. Se titula “Do the crabs have rights?” En el artículo, su autor, Peter Fraser, especialista en sistema nervioso de crustáceos, se manifiesta claramente en contra del propósito de los activistas pro-derechos de los animales de incluir a los crustáceos, e invertebrados en general, entre los animales beneficiarios de las leyes europeas a favor del bienestar animal.

El grupo activista “Advocates for Animals” ha preparado un informe en el que concluye que hay “potencial para experimentar dolor y sufrimiento” en los crustáceos, y por lo visto, se muestra especialmente preocupado por la práctica de cocer langostas vivas. Argumenta que hay gran similitud entre el sistema nervioso de los crustáceos y el nuestro, y sobre esa base pretende que se extienda a los integrantes de ese grupo los beneficios que ya reconoce la legislación a los vertebrados. Hasta ahora, los únicos invertebrados a los que se aplicaban esas leyes eran los pulpos.

Peter Fraser se opone a esas pretensiones. Y lo hace porque esa similitud que se invoca, según él, no es tal. El sistema nervioso, como tal sistema, puede tener alguna semejanza con el nuestro, pero hay enormes diferencias. Nosotros tenemos 100 mil millones de neuronas, mientras las langostas sólo tienen 100 mil. Nuestras neuronas conducen los impulsos nerviosos 100 veces más rápidamente que las de los crustáceos. Y sus cerebros carecen de los centros superiores en los que radica la percepción del dolor en los mamíferos. Como ejemplo práctico de las diferencias y semejanzas entre cangrejos humanos esgrime que los cangrejos, en efecto, pueden oír, pero son incapaces de apreciar la ópera. Tampoco hay evidencia concluyente al respecto de si sufren dolor o no. De hecho, los nervios sensoriales de los cangrejos de los mares templados se inhabilitan a temperaturas superiores a 25 ºC. Además de esas razones, es evidente que limitar la experimentación en neurofisiología con crustáceos sería muy perjudicial.

Hasta ahí las opiniones de Fraser. Yo, a esas opiniones, que comparto, añado otras para oponerme a la pretensión de “Advocates for Animals”. Seguro que hay muchas razones para tratar bien a los animales. Pero me parece inaceptable incluso que se maneje la noción de “derechos de los animales” en cualquier sentido que pueda conllevar menoscabo de los derechos o bienestar humanos. Me parece bien que no se infrinja daño gratuito alguno a los animales. Es más, creo que es bueno educar a la gente en ese sentido, e incluso legislar contra el maltrato gratuito. Porque pienso que cuanto más rechazo (innato o sobrevenido) experimentemos hacia el maltrato a los animales, más lo tendremos hacia el maltrato a los seres humanos. Dicho de otra forma, no quiero que se maltrate a los animales porque quien lo hace también tiene menos problemas para maltratar a las personas. Esto es una opinión, pero estoy absolutamente convencido de que es así; para ello me ha bastado conocer a algunas personas que maltratan sin problema a todo tipo de animales, incluidos sus semejantes.

Pero de ahí a tratar de extender derechos (humanos por definición) a los animales, cualesquiera que estos sean, me parece que hay un abismo. Denota un relativismo jurídico y moral de todo punto inaceptable, porque antes o después, ese camino nos igualará y nos conducirá a someter nuestro progreso, bienestar y nuestros mismos derechos a algo tan inasible y tan carente de sentido como son los derechos de unos seres que, también por definición, carecen de ellos.

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¿Monos hippies o monos asesinos?

Julio 13, 2009 · Dejar un comentario

Los muriquis  (Brachyteles sp.) viven en la selva atlántica brasileña y tienen fama de ser los primates más pacíficos e igualitarios del mundo. Por esa razón, -no sé si con demasiada propiedad-, se les denomina monos hippies. Hace poco tiempo, sin embargo, se ha registrado un episodio de tal violencia en un grupo de muriquis, que su reputación pacífica se ha venido abajo.

Un grupo de seis monos atacaron a un macho adulto hasta dejarlo malherido. Le propinaron mordiscos en la cara, cuerpo y genitales y una hora después del ataqué, murió. Mauricio Talebi, director del grupo de investigación de la Universidad de Sao Paulo-Diadema que está estudiando esta especie, sostiene que ese comportamiento tiene que ver con las condiciones en que se desenvuelven los monos en su entorno.

Los muriquis mejor estudiados hasta la fecha viven en las selvas del norte (Brachyteles hypoxanthus), donde abundan las hojas que les sirven de alimento. En esas poblaciones los machos esperan pacientemente su turno para copular con las hembras. Pero el ataque tuvo lugar en una población de la especie (Brachyteles arachnoides) que habita en las selvas del sur, en las que el alimento que consumen, -en este caso fruta-, se encuentra mucho más disperso. Por esa razón, las hembras se alejan con frecuencia de los grupos para poderlo conseguir, por lo que los machos disponen de menos oportunidades para practicar sexo que los de la especie que vive en el norte.

Según Mauricio Talebi, al disponer de menos oportunidades para practicar sexo, aumenta la tensión mutua, lo que da lugar a que se produzcan agresiones entre los machos. Además, en esta especie hay grupos muy cohesionados de hermanos y parientes, lo que hace muy vulnerables a los individuos que, por las razones que fuese, no forman parte de uno de esos grupos.

Puede que la hipótesis sea correcta y puede que no, pero a mí la explicación me parece muy razonable, porque esas circunstancias suelen ser las que determinan unos y otros comportamientos en el resto de primates, entre los que nos encontramos los seres humanos. Está claro, no obstante, que las cosas no son exactamente iguales en unas y otras especies, porque la historia evolutiva de cada una, así como otras características, sobre todo de carácter ambiental, determinan distintas estructuras sociales y familiares. Pero no cabe duda de que compartimos muchos comportamientos básicos y los impulsos que nos mueven a los individuos de unas y otras especies tienen mucho en común, más de lo que a algunos gustaría. Y como diría el otro, no hay nada de malo en ello; somos como somos, producto de nuestra historia y de nuestras circunstancias.

Nota: esto lo he leido en la revista American Journal of Primatology  71: 1-8 (DOI: 10.1002/ajp.20713)

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Cosas del deporte

Julio 12, 2009 · Dejar un comentario

Hay distintas formas de relacionarse con el deporte. Hay quien lo practica de forma profesional. Disfrutan haciéndolo, aunque a veces, muchas, también sufren. Buscan, además, la victoria, y no sólo lo hacen porque estén obligados a ello. Desean ganar. Unos con más ambición y otros con menos, pero todos ellos quieren ganar.

También hay deportistas de competición que no son profesionales. No se ganan la vida de esa forma, pero disfrutan y, como los anteriores, a veces sufren. Y también quieren ganar. Desean la victoria.

Luego está el deporte practicado por simple disfute, casi como un juego. Son esas cuadrillas que se juntan para salir en bici o jugar un partido de fútbol, o salen a correr 10 km todos los días. En este caso hay diversas motivaciones. Son variadas, aunque las componentes lúdica, masoquista e higiénica suelen estar presentes en diferentes proporciones.

Otra forma de implicación es la del forofo. Abunda en fútbol, pero lo hay en otros deportes. El forofismo es un forma irracional y desagradable de manifestar el entusiasmo por un deportista o por un equipo. Puede tener motivación identitaria o no. El forofo parece poner la razón de su misma existencia en los logros, -reales o supuestos-, del objeto de su veneración.

Y la quinta es la simple afición o gusto por asistir a espectáculos deportivos. Normalmente se produce una cierta identificación con un deportista o con un equipo, y se desea que tenga éxito. Creo que esa identificación también es irracional, lo que no quita para que tenga bases muy sólidas.

Estoy convencido de que nuestras actitudes para con el deporte, todas ellas, tienen un significado evolutivo preciso aunque no sabría decir de qué se trata. Supongo que las competiciones deportivas y similares han cumplido más de una función en nuestro pasado y que son, de alguna manera, sustitutivas incruentas de los conflictos armados. Y creo que esa es la razón de que en un buen número de casos, la componente grupal o identitaria tenga tanta importancia.

Yo practiqué el remo durante un año. Y me sentí expulsado de su práctica porque las tretas y el juego sucio que se practicaba para ganar un puesto en la tripulación de la trainera eran incompatibles con mi manera de ser y mis intereses. Aparte de eso y de algún corto periodo nadando (que abandoné porque me cansaba, me aburría y el agua estaba más fría de lo aconsejable), no he hecho gran cosa salvo andar, aunque dudo que eso, por sano que sea, pueda calificarse de deporte.

También me gusta algo el fútbol y el ciclismo para verlos, y me alegro si ganan “los míos” (Athletic en fútbol y Euskaltel en ciclismo), aunque aborrezco el ambiente forofero tan común en el fútbol y menos habitual en el ciclismo. Aún cuando soy muy introspectivo, todavía no soy capaz de saber por qué disfruto y sufro -moderadamente, claro está-, con estas cosas. Es una de esos rasgos de “mi” humana naturaleza que no acabo de entender. No entiendo ese punto irracional.

“Y todo esto ¿a qué viene?” Se preguntará más de uno. Pues viene a que ayer y anteayer no he escrito ninguna entrada aquí porque el viernes mi amigo Xabier Arrieta y yo, -invitados por el manager general del equipo Euskaltel- fuimos a ver el tour. El viernes estuvimos en la subida a Arcalís, en Andorra, junto con miles y miles de personas de todos los puntos del planeta, desde Japón y Australia hasta los Estados Unidos. Y el sábado viajamos en el segundo coche del equipo y seguimos la carrera desde dentro, acompañando a Mikel Astarloza durante casi toda la etapa. El espectáculo, desde dentro del coche es impresionante. El ambiente es indescriptible (la televisión no le hace justicia). Los paisajes son grandiosos. Y hay pocas experiencias más intensas que bajar durante 30 km a velocidades imposibles desde los 2.500 m de Envalira hasta una altitud de 500 m, y sin petril ni nada que se le parezca al borde del precipicio. Pocas veces lo he pasado mejor y todavía no sé por qué. Es irracional, pero es así. La única pena que tengo es que no “ganamos” la etapa.

Post scriptum: Da gusto tratar con Miguel Madariaga, Igor González de Galdeano, Gorka Gerrikagoitia, José Nazabal y el resto de gente del equipo, corredores, técnicos y auxiliares.

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Comprando y vendiendo atusamiento

Julio 9, 2009 · 1 comentario

Es de sobra conocido que a los monos les gusta acicalarse o atusarse (o como decíamos en Salamanca, teclarse) unos a otros. Como ya dije aquí, parece que es una actividad que cumple la función de fortalecer las redes sociales, función que entre nosotros cumple el lenguaje. Acabo de leer en Proceedings of the National Academy of Sciences (DOI: 10.1073/pnas.0812280106) una bonita historia acerca del acicalamiento y su valor de mercado en las sociedades simias. Resumo a continuación lo que me ha parecido más reseñable de ese trabajo, que se hizo con un grupo de monos catarrinos del género Chlorocebus.

Según dicen los autores en el abstract, los animales no negocian verbalmente ni cierran contratos, pero eso no les impide intercambiar bienes y servicios de forma regular sin que medie coerción y arreglándoselas para acordar el precio. La teoría de los mercados biológicos predice que ese precio debe fluctuar en función de la ley de la oferta y la demanda, algo que parece bastante razonable, por cierto.

Estudios anteriores habían puesto de manifiesto que los primates pagan más cuando los bienes o servicios a intercambiar son más escasos; vamos, que vienen a hacer básicamente lo que los primates más listos hacemos normalmente. Así, los miembros subordinados de la comunidad deben acicalar a los superiores durante más tiempo para poder ser admitidos en los lugares de alimentación en los periodos de escasez; las hembras jóvenes atusan durante más tiempo a las madres antes de obtener autorización para tocar a las crías cuando hay pocos recién nacidos; y los machos atusan durante más tiempo a las hembras fértiles para poder emparejarse cuando hay menos hembras fértiles en la población.

En este trabajo los investigadores comprobaron que cuando a una hembra de bajo rango se le proporcionó (experimentalmente) un modo para poder suministrar más alimentos a la comunidad, se benefició de más tiempo de acicalamiento que otros miembros y tuvo que ofrecerse en menos ocasiones a acicalar a los miembros dominantes. Y además, cuando a una segunda hembra se le proporcionó la misma capacidad que a la anterior, resultó que el valor de intercambio del atusamiento de la primera hembra se redujo y el de la segunda aumentó hasta igualarse ambos.

No creo necesario explicitar algunas implicaciones de estas observaciones, pero no parece difícil trasladar algunas de estas conclusiones a los seres humanos.

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Hallar

Julio 8, 2009 · Dejar un comentario

El verbo hallar tiene una bonita historia. Es una palabra con parentela en otras lenguas romances: achar en portugués y aflá, en rumano, por ejemplo, y no son las únicas. Procede del latín afflare, que quiere decir “soplar hacia algo”, “rozar algo con el aliento”; como puede verse, nada que tenga que ver con su actual significado.

¿Cómo se las arregló para llegar a ser el verbo que usamos hoy? Pues a través de un curioso vericueto. De “rozar con el aliento”, pasó a “oler la pista de algo”, y de ahí a “dar con algo, encontrarlo”. ¡Curiosa trayectoria!

Pero este verbo tiene otra particularidad de interés. Su forma antigua, fallar (que no tiene nada que ver con el fallar que significa no acertar), que quería decir “encontrar la ley aplicable” y “encontrar o averiguar los hechos” (y por lo tanto, de significado paralelo al de “dar con algo”), pasó a significar “dar sentencia” (s. XIV). Y se ha mantenido así hasta hoy porque el lenguaje jurídico es especialmente arcaizante.

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Ballenas rentables

Julio 7, 2009 · 3 comentarios

El IFAW (Fondo Internacional para el Bienestar Animal) acaba de publicar un informe en el que sostiene que se obtiene un mayor beneficio de las ballenas si el uso que se hace de ellas es la observación que si es el de la caza para su posterior consumo como alimento. Aunque no me suelo creer los informes que hacen organizaciones ecologistas (son al menos tan parciales y poco rigurosos como los de los lobbys a los que combaten), en este caso creo que el asunto está bien orientado. Además, el informe se ha presentado ante la Comisión Ballenera Internacional (IWC) en su reunión en Madeira, por lo que supongo que si hay trampa se podrá detectar fácilmente.

Según ese informe, el año pasado 13 millones de personas se dedicaron a contemplar ballenas, lo que permitió mantener 13.000 puestos de trabajo. En 2008, el negocio de la observación de ballenas rindió 2.100 millones de dólares. Ese beneficio ha crecido a tasas anuales medias de 3’7%, por lo que hoy es el doble que hace diez años. La información a la que he tenido acceso no especifica cuánto reportaría anualmente la caza de ballenas bajo condiciones que resultasen satisfactorias para Japón, Rusia y Noruega, por ejemplo, por lo que no puedo comparar. Supongo que el informe lo hace. No obstante, es casi seguro que considerando plazos de tiempo suficientemente largos, es mucho más rentable, y lo será aún más con el tiempo, contemplar ballenas que cazarlas.

Si se cazan cada vez habrá menos; esto es lo que nos dice la experiencia. Y si no se cazan, cada vez serán más las personas que las irán a ver y el negocio que ello generará. Este sí es un claro contraste entre una actividad sostenible (y de rentabilidad creciente) y otra difícilmente sostenible (y de rentabilidad decreciente).

¿Cuál es el problema? Muy sencillo, que los paises donde se gana dinero contemplando ballenas son 119 y los que pretenden cazarlas son (creo) sólo tres. Por eso, en esos tres el negocio es enorme, mientras que en los 119 es muy pequeño en cada uno.

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Menos guerras, menos muertos en las guerras

Julio 6, 2009 · Dejar un comentario

Existe la creencia generalizada de que el siglo XX, junto a grandes logros de la humanidad, nos dejó el periodo de máximo conflicto de la historia. Las dos guerras mundiales, junto con las políticas de exterminio nazi y stalinista, dejaron millones de muertos. En particular, el recurso a la bomba atómica ha dejado una marca negativa, aparentemente indeleble, en nuestra consideración para con el siglo. Fueron, efectivamente, millones las personas que murieron víctimas de la violencia.

Pero a pesar de ello, lo cierto es que el siglo XX no fue, seguramente, un siglo tan cruel. No lo fue, desde luego, si echamos la vista atrás y hacemos un repaso de la historia, hasta donde ello es posible.

En general se piensa que las guerras comienzan con la aparición de la agricultura y los asentamientos estables, como pronto, hace 15.000 años. Pero eso no está tan claro. En las modernas sociedades cazadoras-recolectoras se producen tasas de mortalidad de varones que, aunque muy variables, son altísimas, del orden de 20 o 30 más altas, -y como mínimo diez veces mayores-, que las correspondientes tasas resultantes de los conflictos entre potencias industriales del siglo pasado. Lógicamente, hay que pensar en términos porcentuales, no en cifras absolutas. En la Edad Media, también se producían diez veces más asesinatos que en el pasado siglo. Y todo indica que el tiempo nos ha venido haciendo más y más pacíficos, en contra de lo que piensan quienes se adhieren al mito del buen salvaje.

Y bien pensado, parece lógico que las cosas vayan en esa dirección. Steven Pinker sostiene que hay varias razones para ello: El primero es la constitución de estados estables con sistemas legales y fuerzas policiales efectivos. El segundo es el aumento de la esperanza de vida que hace que sea más lo que se puede perder de poner en riesgo nuestras vidas participando en un conflicto bélico. El tercero es el progreso de la globalización y las mejoras en las comunicaciones, pues han aumentado nuestra interdependencia y nuestra “proximidad” y contacto con los diferentes. Son, según él, las fuerzas de la modernidad las que hacen las cosas cada vez mejores.

Lo siento, pero no lo puedo evitar. Soy optimista. Nací decidido a ser feliz como aquel colega que dio título a una entrada anterior. Y espero que ni la gripe porcina ni ningún aguafiestas consigan hacerme cambiar de ánimo.

Nota: Las afirmaciones categóricas proceden o están basadas en un artículo (The end of war) del último número de New Scientist (4 de julio de 2009) y del capítulo 3 de “La tabla rasa” de S. Pinker.

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