Desde Chiloé

Una de bonobos

Febrero 9, 2010 · Dejar un comentario

Aquí podemos ver un vídeo que muestra que los seres humanos no somos los únicos animales capaces de compartir bienes a cambio de “nada”. A este paso ¿nos quedaremos sin atributos que considerábamos únicamente humanos?

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La hipótesis de la abuela

Febrero 3, 2010 · Dejar un comentario

El ciclo de vida de los seres humanos tiene algunos rasgos que nos diferencian claramente de nuestros parientes los grandes simios: maduración tardía, menor crecimiento, mayor fertilidad y gran longevidad.  En las mujeres, además, la mayor longevidad supone la superación, con la menopausia, del periodo de fertilidad. Y estos rasgos, al parecer, tuvieron una gran importancia en nuestra evolución.

De acuerdo con la “hipótesis de la abuela” la gran explosión demográfica y el éxito de nuestra especie en la colonización de muy diversos habitats en la Tierra no hubiera sido posible sin la contribución de las personas adultas que sobrepasan con creces el periodo fértil. Según esta hipótesis, la longevidad fue necesaria para la acumulación transgeneracional y la transferencia de la información sin la cual los seres humanos no hubiesen dispuesto del volumen de conocimiento ecológico necesario para sobrevivir en casi todo tipo de entornos y tampoco hubiera sido posible mantener las complejas estructuras sociales que hacen única a nuestra especie.

La antropóloga Rachel Caspari, de la Universidad de Michigan en Ann Arbor y su colega Sang-Hee Lee de la Universidad de California en Riverside,  se propusieron analizar en qué medida se había modificado la longevidad a lo largo de la historia evolutiva reciente de nuestra especie. Para ello estudiaron 768 cráneos de individuos adultos de distintas especies humanas y prehumanas correspondientes a los anteriores 3 millones de años de historia de nuestro linaje. En el estudio se determinó si los cráneos correspondían a adultos jóvenes o a adultos viejos, estableciendo para distintos momentos o especies, la proporción entre unos y otros. Gracias a ese estudio, publicado en julio de 2004 en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences (vol. 101: 10895-10900; DOI: 10.1073/pnas. 0402857101) se comprobó que, efectivamente, a lo largo del tiempo se ha producido un aumento importante en la longevidad, pero sobre todo, que ese aumento ha sido espectacular en el caso de Homo sapiens, la especie a la que pertenecemos.

Considerados en conjunto, tan solo un 10% de los cráneos de los australopitecinos estudiados correspondían a adultos viejos; el porcentaje subía a un 20% en los primeros representantes del género Homo, y a un 33% en los Neandertales. Pero el gran salto se produce con Homo sapiens: en el Paleolítico Superior temprano, un 68% de los individuos analizados eran adultos viejos.

Según Rachel Caspari y Sang-Hee Lee, “lo que nos hace modernos es la contribución de los individuos más viejos” expresión que no sólo resulta paradójica, aunque sólo en apariencia, sino que tiene, además, cierta gracia.

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Del modo de engendrarse los terrestres

Enero 28, 2010 · Dejar un comentario

De los que andan en dos pies, sólo el hombre engendra animal. A él sólo le pesa de haver tenido acceso a la hembra, agüero verdaderamente de vida que comienza de origen, a quien se sigue arrepentimiento. Los otros [seres] tienen tiempos, entre año, determinados para este acto, mas el hombre, como está dicho, lo haze siempre y a todas horas del día y de la noche. Los demás se hartan; el hombre casi nunca. Messalina, muger de Cayo César, teniendo ésta por victoria real, escogió para semejante contienda la más lasciva de [las prostitutas] que estavan puestas al que llaman partido, y la venció, por espacio de un día y una noche, en 24 vezes.

En el linage de los hombres, han inventado los varones veredas de luxuria, todo con maldad contraria a Naturaleza, y las hembras el mal parir. ¡Cuánto más dañosos somos en esta parte que las fieras! Hesíodo dize que los varones son más luxuriosos el himbierno y las mugeres en el estío.

Tómanse las hembras de los elephantes, camellos, tigres, lynces, rhinocerontes, leones, dasipodes y conejos, los cuales todos tienen los miembros genitales atrás, bueltas las ancas al macho. Buscan los camellos los desiertos o lugares secretos, y es cosa muy peligrosa acertar a toparlos en el acto; tómanse estos solos entre todos los patienteros. En el género de los de cuatro pies, mueve a los machos el olor a luxuria. Tómanse de la misma manera los perros y lobos y, en el medio del acto, se pegan, sin poder hazer otra cosa. En algunos de los géneros sobredichos saltan primero las hembras y en los otros los machos. Los osos se toman echados en el suelo, los erizos ambos derechos y abrazados, los gatos, enhiesto el macho y echada debaxo la hembra. Las raposas, echadas del lado, y abrazada la hembra con el macho. Las hembras de los toros y ciervos no sufren la fuerza de los machos, y por eso andan cuando se toman; los ciervos pasan a vezes a otras hembras, y tornan a las primeras. Tómanse las lagartixas abrazadas, como los animales que carecen de pies.

Fragmento inicial del Capítulo LXIII del Libro X de la “Historia naturalis” (77 a.c.) de Cayo Plinio Segundo (Plinio el viejo), según la traducción de Hernández y Huerta de 1627.

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Hormonas y juguetes

Enero 24, 2010 · Dejar un comentario

A lo largo de la vida de los individuos hay distintos momentos en los que se elevan los niveles de hormonas sexuales en la sangre. Uno de esos momentos es el periodo perinatal. Poco antes del nacimiento y durante unos pocos meses posteriores al mismo se produce una elevación transitoria en los niveles de testosterona en los niños y estrógenos en las niñas. La siguiente elevación tiene lugar con la pubertad y esa ya no es transitoria, puesto que a partir de ese momento y hasta su muy posterior declive bien avanzada la madurez, esos niveles se mantienen altos.

La elevación puberal de los niveles de hormonas sexuales induce y acompaña la maduración sexual, así como la aparición de los caracteres sexuales secundarios. Pero si bien sabemos cuál es la función de esa elevación, no tenemos el mismo conocimiento en relación con la elevación transitoria perinatal. Dado que esa elevación no antecede ni va acompanada de ningún cambio anatómico o fisiológico, -al menos evidente-, se ha postulado que el tejido diana de esas hormonas en ese momento es el cerebral y que podrían ser responsable de la configuración de algunas de las diferencias existentes en el comportamiento de niños y niñas.  

Gerianne Alexander, Teresa Wilcox y Mary Elizabeth Farmer, psicólogas de Texas A & M University, han publicado un trabajo (“Hormone–behavior associations in early infancy” Hormones and Behavior, vol. 56, pp.: 498-502, 2009; DOI: 101016/j.yhbeh.2009.08.003) relacionado con esas cuestiones. La investigación aporta interesantes elementos al debate acerca de los condicionantes del comportamiento de niños y niñas y, más en concreto, del modo en que se ve afectado por estereotipos de sexo presentes en la sociedad o por factores de naturaleza biológica.

A la edad de tres años chicos y chicas muestran diferencias en sus preferencias de juego. Los chicos tienden a jugar más que las chicas con pelotas, vehículos y juguetes de construcción, y prefieren jugar con grupos más numerosos que las chicas. En qué medida estas diferencias son debidas a una suerte de programación biológica o son el resultado de la presión social es materia de intenso debate. Aunque parece ser que la exposición uterina a distintos niveles hormonales podría inducir la preferencia por unos u otros tipos de juguetes, no se ha investigado aún cuáles pueden ser el efecto de la elevación perinatal de los niveles de hormonas sexuales en el comportamiento infantil.

G. Alexander y colaboradoras trabajaron con bebés de 3 y 4 meses y encontraron que si bien el comportamiento de las niñas no parecía verse afectado por la exposición pre o postnatal a distintos niveles hormonales, en los niños sí se observó relación. Los niños con niveles más altos de testorena mostraban una mayor preferencia por grupos de figuras que por figuras inviduales. Y la mayor preferencia por animaciones con una pelota que por animaciones con un muñeco se relacionaba con la exposición prenatal a la testosterona.

No cabe extrapolar conclusiones definitivas de estos resultados al comportamiento en edades posteriores, cuando ya se manifiestan con claridad las diferencias por unos u otros juguetes. Pero si los factores hormonales condicionan algunos aspectos del comportamiento infantil temprano, bien cabe suponer que tal condicionamiento se extienda hacia edades mayores, con todo lo que ello comporta.

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Los cerebros caros necesitan refrigerarse

Enero 18, 2010 · Dejar un comentario

Así pues, el cerebro humano es un órgano caro, es responsable de cerca de la cuarta parte de nuestro gasto metabólico en reposo. Por esa razón los seres humanos hemos necesitado adquirir comparativamente más recursos que los que debían adquirir los homínidos que nos antecedieron. Como ya he comentado antes aquí, parece ser que esa es la razón por la que se considera que cocinar los alimentos, al permitir obtener de ellos un mayor rendimiento energético, ha constitudo un motor de nuestra evolución (ver La cocina, motor evolutivo en homínidos).

Hace aproximadamente una década, los biólogos D. Schwartzman y G. Middendorf propusieron que nuestro cerebro no pudo evolucionar en esa dirección (aumento de tamaño) hasta que el planeta no se enfrió de forma significativa con el advenimiento de la edad de hielo del Cuaternario (hace 2’5 M años). La razón que aportaron para sostener esa propuesta es que la actividad metabólica del cerebro humano obliga a disipar demasiado calor y que esa disipación podía no ser posible en la necesaria medida bajo las condiciones anteriores, mucho más cálidas. La idea es sugerente, y tiene en cuenta un fenómeno que en muchas ocasiones pasa desapercibido, pues la gran actividad metabólica del cerebro humano suele ser ignorada a estos y otros efectos.

Debe quedar claro, no obstante, que no se atribuye al enfriamiento el estímulo que indujo el crecimiento del tamaño. Ese aumento, como vimos en la entrada anterior, fue seguramente inducido por otros factores, pero quizás no hubiera sido posible sin el enfriamiento del Cuaternario.

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¿Para qué un cerebro tan grande? (Y tan caro)

Enero 11, 2010 · 1 comentario

Los seres humanos actuales tenemos cerebros muy grandes, más grandes que casi todos nuestros antecesores. De hecho, el volumen de nuestro cráneo es tres veces mayor (corregido el efecto del tamaño corporal) que el de nuestros antecesores austraolopitecinos. Las excepciones son los primeros seres humanos de nuestra especie y los neandertales, que tenían cerebros algo más grandes que nosotros (ver “¿Más listos o más prolíficos?”). Gracias a esos cerebros más grandes exhibimos habilidades cognitivas muy valiosas, aunque no está muy claro cuál es el elemento, -si es que pudiese atribuirse a uno único-, que habiendo resultado de esas habilidades cognitivas, ha constituido factor de éxito en términos evolutivos.

Los investigadores que trabajan en este campo han venido considerando tres razones posibles por las que resultan ventajosas las habilidades cognitivas de que son capaces cerebros más grandes. Una es que esos cerebros proporcionan a sus poseedores la capacidad para hacer frente a cambios climáticos y meteorológicos haciendo uso de tecnologías adecuadas para ello; gracias a esa capacidad se habrían podido superar los obstáculos que se derivan de variaciones temporales y geográficas  del clima y que hubiesen podido limitar la continuidad de la especie en el tiempo o su distribución geográfica. Otra posible razón es que las mayores capacidades cognitivas hicieron a los miembros de nuestra especie más capaces para hacer uso de diferentes fuentes de recursos alimenticios, principalmente mediante la caza y búsqueda y recoleción de alimentos; en particular, el desarrollo de variadas técnicas de caza pudo resultar clave a la hora de capturar animales de todo tipo. Y la tercera razón es que esas habilidades cognitivas permitieron un mejor desenvolvimiento en las relaciones que se establecen con los otros en las cada vez más complejas sociedades humanas[1].

Pues bien, según Drew H. Bailey y David C. Geary, de la Universidad de Missouri en Columbia, es este tercer elemento el que resultó determinante. Lo sostienen basándose en un análisis del tamaño de 175 cráneos de diferentes especies de homínidos, correspondientes a variadas localizaciones geográficas y a un periodo comprendido entre 1’9 millones y 10.000 años de antigüedad. Entre las diferentes variables con las que correlacionaron el tamaño de los cráneos, fue el tamaño poblacional el que resultó ser el mejor predictor de aquél, aunque a la vista del efecto de otros predictores, otras variables, como por ejemplo las de carácter climático, también han ejercido una influencia de cierta consideración.

Referencia: Drew H. Bailey y David C. Geary (2009): “Hominid Brain Evolution. Testing Climatic, Ecological and Social Competition Models”. Human Nature, vol. 20, p. 67-79.


[1] El profesor Arsuaga, en una conferencia que impartió en Bilbao en febrero de 2009, afirmó que los cerebros humanos, tan grandes y tan demandantes metabólicamente, nos permitían manipular mejor a nuestros congéneres. Es una forma sencilla y contundente, -y quizás más sincera-, de decir algo parecido.

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Buenas noticias para la especie

Diciembre 31, 2009 · 2 comentarios

Leo en The Economist (31 de octubre) que la fertilidad humana desciende en el mundo a una velocidad más alta de lo que cabía esperar. En Asia, salvo en Filipinas (por efecto de la doctrina reproductiva que imparte la Iglesia Católica allí), en África, salvo en los paises asolados por las guerras como Congo, Liberia o Sierra Leona, y en Centro y Sudamérica la fertilidad no ha dejado de reducirse. Sólo experimenta ligeros aumentos en algunos paises europeos. Algunos países han experimentado descensos espectaculares. En Irán se ha pasado de 7 en 1984 a 1’9 en 2006 (1’7 en Teheran). China y Brasil presentan tasas por debajo de 2’1. La India se aproxima a ese valor y Bangladesh casi lo ha alcanzado

La relación entre fertilidad y pobreza es evidente, si bien es cierto que otros factores (posibilidades reales de planificación familiar, por ejemplo) también inciden. La fertilidad empieza a caer cuando en un país se supera una renta de 1.000-2.000 dólares por habitante y se coloca por debajo de la tasa de reposición (2’1-2’5 hijos por mujer, dependiendo de la mortalidad infantil) cuando la renta se encuentra entre 4.000-10.000 dólares por habitante.

Menor número de nacimientos por mujer significa mejores condiciones de vida y viceversa. Mejor educación, mejor salud y más renta acompañan al descenso en la fertilidad; se derivan de ese descenso y lo facilitan. El excesivo número de gente en el planeta es uno de nuestros principales problemas como especie. Por eso, que descienda la natalidad más de lo que se esperaba es una magnífica noticia. Como decía esta semana Bob Parks en su boletín digital “What’s new”, estaría bien que se dejase de incentivar la natalidad en los países ricos. Eso también ayudaría. Con menos gente el planeta sería, desde cualquier punto de vista, más habitable y todos viviríamos mejor,

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La soledad es una enfermedad contagiosa

Diciembre 21, 2009 · Dejar un comentario

La soledad no es sólo una condición desagradable y todo lo contrario a placentera. Pero además, la soledad podría considerarse una enfermedad. Causa un buen número de afecciones en la gente, como enfermedades cardiovasculares, obesidad, o debilitamiento del sistema inmune, entre otras. Por otro lado, una persona puede sufrir soledad aunque se encuentre rodeada de gente de forma permanente; basta con experimentar la sensación o el sentimiento de encontrarse uno aislado para encontrarse sólo.

De acuerdo con un estudio publicado recientemente en la revista Personality and Social Psicology, la soledad se contagia. Quiere esto decir que cuando en una red social una persona empieza a manifestar sentimientos de soledad, otras personas también irán progresivamente sintiendose solas. A título indicativo, cabe decir que, tomando como referencia la media, es un 50% más probable que se sienta sola una persona que se encuentre en contacto directo con otra que se sienten sola.

La soledad se expande porque la hace que la gente actue hacia los demás de una forma más negativa y menos generosa, lo que debilita los lazos existentes entre las personas concernidas, acentuándose de esa forma la soledad. Es un efecto más intenso entre amigos que entre familiares, algo que no parece necesario explicar, y más entre mujeres que entre hombres, porque las mujeres demandan de sus amistades más apoyo emocional y social que los hombres.

Así pues, la soledad, como la enfermedad, no solo conlleva un deterioro de la salud, también es contagiosa.

Referencia:  Cacioppo, J. T.; Fowler, J. H.; Christakis, N. A. (2009): “Alone in the crowd: The structure and spread of loneliness in a large social network.” Journal of Personality and Social Psychology. Vol 97(6): 977-991.

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¿Por qué está desnudo el chimpancé desnudo?

Diciembre 13, 2009 · Dejar un comentario

Elaine Morgan no es una científica; es muy conocida, y respetada, como guionista de televisión, trabajo por el que ha sido premiada. Pero a pesar de no ser una científica, está muy interesada en la evolución humana y ha escrito acerca de este tema. New Scientist, en su número del 19 de septiembre de este año, la invitó a que escribiera un artículo de opinión sobre un aspecto de la biología humana que sigue sin resolverse de forma satisfactoria desde que hace siglo y medio fuera planteada la cuestión por Charles Darwin, y ese aspecto es la desnudez de nuestra especie.

Darwin opinaba que se trata de un rasgo que no es resultado de la selección natural, porque no alcanzaba a atribuirle ventaja adaptativa alguna. Según él, era un producto de la selección sexual, proceso debido al cual aparecen o se acentúan determinados rasgos en los ejemplares de uno u otro sexo, por ser objeto de predilección por parte de los ejemplares del sexo contrario. El ejemplo más llamativo, quizás, de selección sexual es la cola del pavo real. En este caso, según Darwin, la desnudez servía a las hembras de la especie para resultar más atractivas a los machos. Sin embargo, se trata de una hipótesis con mínimo respaldo en la actualidad, ya que nadie ha podido explicar cómo es posible que la nuestra sea la única especie, entre miles de mamíferos terrestres, que se ha desnudado en el curso de su evolución.

Durante buena parte del pasado siglo tuvo gran predicamento el punto de vista de un ilustre antropólogo, Raymond Dart, quien ligó la desnudez con la evolución de Homo sapiens en la sabana, medio en el que, según él, la falta de pelo sirvió para evitar el sobrecalentamiento en podían incurrir los humanos en ese nuevo medio en el que no contaban con protección frente al calor del sol. La cuestión, en este caso, es por qué la nuestra es la única especie que se desnuda como medio de disipar el exceso de calor corporal.

El ilustre paleontólogo Stephen J Gould propuso en 1977 que la desnudez podría ser un carácter neoténico, que acompañaba a otros, como la cara aplanada, los ojos grandes y la cabeza grande. Se trataría de una parte de la estrategia adaptativa que nos permitió adquirir un gran cerebro. La debilidad de la teoría es, sin embargo, que es justo antes de nacer cuando más cubiertos de pelo estamos y que los caracteres neoténicos que no nos son útiles los acabamos perdiendo a lo largo del desarrollo.

También se ha propuesto que la ausencia de pelo les pone las cosas más difíciles a los ectoparásitos. Pero de nuevo surge la cuestión de por qué entre miles de mamíferos somos la única especie que ha recurrido a esa estratagema para luchar contra los parásitos.

En 1960, la bióloga marina Alister Hardy se preguntó, en un artículo publicado en el número del 16 de marzo de New Scientist, si los seres humanos no habríamos sido acaso más acuáticos en el pasado. En aquella época la hipótesis de la adaptación térmica a la vida en la sabana era la que estaba más en boga y la posibilidad de ese pasado humano más acuático fue rechazada. Alister Hardy había basado su pregunta en la desnudez de la piel humana y en la importante presencia de grasa subcutánea. Compartimos ambos caracteres con los mamíferos marinos, razón por la que Hardy pensó que quizás en nuestro pasado tuvimos una fase semiacuática o muy ligada a medios acuáticos.

Más recientemente, y a la vista de que no parece fácil atribuir nuestra desnudez a una u otra estrategia adaptativa, las investigaciones se han dirigido a tratar de establecer en qué momento de nuestra evolución nos desnudamos. En 2004 se publicó un trabajo sobre el Mc1r, el receptor de la melanocortina, que está relacionado con el color del pelo y de la piel[1]. Los autores del trabajo estimaron que ese alelo apareció no antes de hace 1’2 millones de años, y dado que se supone que protege de los efectos de la radiación solar, hay razones para pensar que surgió cuando se produjo la pérdida del pelo. A partir de otras investigaciones sobre evolución de piojos y ladillas, hay quien opina que la desnudez es incluso anterior, y habría que remontarse a hace 3’3 millones de años para ubicarla en el tiempo.

Estas cuestiones no dan ni quitan verosimilitud a la propuesta de Hardy, pero dejan un lapso de tiempo extensísimo para poder ubicar un modo de vida acuático o semiacuático en el pasado de nuestra especie o de alguna antecesora nuestra. En todo caso, hay, según Elaine Morgan, importantes incógnitas en nuestra evolución que siguen sin resolverse: la desnudez, el bipedalismo, la grasa subcutánea, la laringe descendida, la pérdida del olfato y otras. Si resultase que dos de ellas, bipedalismo y desnudez, aparecieron a la vez, la cuestión planteada por Hardy ganaría relevancia.

Observación propia: Quizás se deba a mi ignorancia, pero me sorprende que Elaine Morgan no discuta en ningún momento la hipótesis que plantea Desmond Morris en “El mono desnudo”, trabajo en el que, si no recuerdo mal, liga la desnudez con una mayor importancia del sentido del tacto en el contexto de un aumento general de la importancia de los elementos eróticos como factores que acentúan la intensidad del vínculo en las parejas humanas. Quizás se trata de un asunto ya discutido y resuelto en la literatura especializada; no lo sé. Me viene a la cabeza que en las sociedades de bonobos las relaciones sexuales tienen una importancia enorme: cabría pensar que a los bonobos también les hubiera venido muy bien estar más desnudos de lo que lo están.


[1] Y como vimos aquí, en la entrada “Cerebros masculinos, cerebros femeninos (II)”, relacionado también con la capacidad para mitigar el dolor mediante endorfinas.

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Aversión a la inequidad

Diciembre 8, 2009 · Dejar un comentario

Frans de Waal es especialista en comportamiento animal; sus trabajos con monos y primates han tenido una gran importancia y difusión. En el número de noviembre de New Scientist al que aludí en la entrada anterior ha escrito una pequeña colaboración que me ha llamado la atención y a la que me referiré aquí.

En estudios realizados con monos capuchinos por él y por una estudiante de doctorado, han descubierto un comportamiento que da cuenta de la existencia de “aversión a la inequidad”, un rasgo que había sido denominado de esa forma por economistas. Todos hemos experimentado alguna vez esa aversión a la inequidad cuando hemos creido ser tratados peor que otro semejante estando en las mismas condiciones que él, o creyendo haber hecho los mismos o más méritos que él.

En la misma Biblia hay una parábola que describe un caso en el que unos vendimiadores que empiezan a trabajar desde primera hora de la mañana se quejan ante el dueño de la viña porque va a pagar lo mismo a otros que empezarán más tarde; el dueño responde diciendo que a ellos, mientras les pague lo acordado, no debieran quejarse. Pero se quejan, porque tienen aversión a la inequidad.

El que se haya observado en monos ese mismo rasgo indica, a juicio de Frans de Waal, que se trata de un carácter con raices biológicas profundas y que, seguramente, se trata de un carácter necesario para que se produzca cooperación entre los individuos de un mismo grupo. Por eso, sostiene que quizás sea común a todas las especies sociales. Según de Waal, además, la aversión a la inequidad lleva emparejado el rechazo al gasto y la ostentación excesiva.

La verdad es que yo tengo mis dudas al respecto, porque suele ocurrir que los que son bien tratados no se quejan y los que más tienen no suelen ir repartiendo sus bienes a los demás. Por eso, me cuesta aceptar que exista una “aversión a la inequidad” innata; más bien me parece que lo que no nos gusta es que tengamos menos o se nos trate peor, aunque no sé si esto puede sorprender a alguien.

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