Desde Chiloé

Foxp2

Diciembre 3, 2009 · Dejar un comentario

La revista New Scientist, en su número del 14 de noviembre, da cuenta de los resultados de un experimento reciente sobre el gen Foxp2. A este gen, que es una especie de controlador maestro, se le ha llamado, de una forma un tanto frívola, el gen del lenguaje, porque cuando se encuentra inactivo en humanos, estos sufren serios problemas en el habla y el lenguaje. Otras especies animales que carecen de lenguaje, y muy diferentes además, también tienen su versión de este gen.

En 2002 un grupo de investigadores alemanes encontró que hay dos pequeñas diferencias en la proteína cuya síntesis codifica este gen en chimpancés y en seres humanos, por lo que se piensa que esas diferencias han resultado claves en la evolución del lenguaje en nuestra especie.

G. Konopka y D. Geschwind, de la Universidad de California en Los Ángeles han cultivado células cerebrales humanas que carecían de Foxp2 y han añadido a un grupo de ellas la versión humana de Foxp2 y al otro grupo la versión de chimpancé. A continuación registraron los genes que se vieron afectados por su influencia. Son centenares los genes controlados por Foxp2, pero fueron 116 los que respondieron de forma diferente al gen humano.

Los investigadores no se sorprendieron al observar que de esos 116 genes, unos están implicados en tareas tales como desarrollo cerebral -y pueden ser asociados con procesos cognitivos-, otros en el control de movimientos y del desarrollo de tejidos faciales y laríngeos que son esenciales en la articulación de sonidos.

Parece ser que los cambios que presenta la versión humana de Foxp2 aparecieron en algún momento durante el último medio millón de años de evolución humana, periodo durante el que se piensa que surgió el lenguaje. Además, parece que los 116 genes afectados de forma diferente por las dos versiones del gen controlador, la humana y la de chimpancé, también se han modificado durante el mismo periodo de tiempo, por lo que podría ser que todos ellos hayan evolucionado en concierto.

Las cosas son, seguramente, más complicadas, pero no deja de resultar sugerente, y a la vez impresionante, que dos pequeños cambios en un gen tengan efectos tan profundos y de tanta importancia.

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Los monos huérfanos y el instinto maternal

Noviembre 26, 2009 · Dejar un comentario

Marlene Zuk se ha especializado en el estudio del comportamiento animal, por lo que podría ser considerada una etóloga. Es profesora de Biología y la mayor parte de su trabajo lo ha realizado con insectos. Además, dice de sí misma que trabaja en el campo de la sociobiología. La sociobiología es la disciplina científica que fundó mi admirado Edward O. Wilson, disciplina que ha sido descalificada con saña por parte de la izquierda académica norteamericana. Si tenemos esto en cuenta, resulta cuando menos sorprendente encontrarnos con una bióloga que no sólo afirma trabajar en ese campo, sino que además se proclama feminista. Debo aclarar que la razón por la que la izquierda académica descalifica la sociobiología es porque atribuye intenciones aviesas al propósito de explicar los rasgos más característicos de la naturaleza humana sobre bases biológicas.

A mí me gusta Marlene Zuk; sostiene que la ciencia no debe ser utilizada como arma en el debate ideológico y que debemos huir de la tentación de recurrir a modelos animales para tratar de justificar nuestra ideología. Todo esto lo cuenta y lo desarrolla en un libro al que supongo que haré mención en más de una ocasión, pues está bien nutrido de pasajes muy instructivos. El libro lleva por título “Sexual selections-What we can and can’t learn about sex from animals” y fue publicado por University of California Press en 2002.

Marlene Zuk no está muy convencida de que exista esa cosa que llamamos “instinto maternal”, entendiendo por comportamiento instintivo aquél que se desarrolla espontáneamente sin necesidad de ser aprendido. Y nos cuenta unos experimentos realizados en las décadas de los 50 y los 60 por Harry y Margaret Harlow con Macacus rhesus, el mono que dio nombre al factor Rh de la sangre y con el que se han hecho tantas investigaciones.

El experimento en cuestión consistió en separar a monos de sus progenitores al nacer y someterlos a condiciones diferentes, ya fuese privándoles de todo contacto con otros monos y también con personas, ya dejándoles relacionarse con otros monos en similares condiciones; en algunos de los grupos la madre era sustituida por una estructura de alambre o por un muñeco que imitaba una mona, dotándo a la estructura y al muñeco de un dispositivo para dar de mamar al macaco infantil. A lo largo de su desarrollo se realizaron a los monos diferentes pruebas al objeto de someter a contraste diferentes hipótesis relativas a su desarrollo cognitivo y social.

Los monos privados de vida social mostraron, de forma poco sorprendente, un comportamiento anormal. Pero uno de los resultados más reseñables fue que las hembras tuvieron serias dificultades para emparejarse con monos machos. Para empezar, no sabían como tener sexo: desconocían las señales, las posturas y las respuestas. Es más, las que dieron a luz al haber sido embarazadas por inseminación, fueron incapaces de cuidar a sus bebés, que hubieron de ser separados de sus madres para que no resultasen gravemente dañados (heridos) por ellas. ¡Algo tan sacrosanto como el amor de una madre por su cría depende del ambiente!

Según Marlene Zuk, esos resultados ponen en cuetión la existencia del instinto maternal. Según ella, si las monas, que actúan en gran medida por instinto, son incapaces de comportarse como madres, entonces hay razones para pensar que es dudosa su misma existencia.

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¿Tiene razón Richard Dawkins?

Noviembre 19, 2009 · Dejar un comentario

Los británicos R. Lynn y J. Harvey, y el danés H. Nyborg, se preguntaron si la idea que Richard Dawkins expresa en The God Delusion de que no es inteligente creer en la existencia de Dios es o no correcta. Y la respuesta a esa pregunta la publicaron en abril de 2008 en la edición digital de la revista Intelligence en un artículo con el expresivo título “Average intelligence predicts atheism rates across 137 nations”. El estudio da cuenta de la existencia de una correlación significativa entre la inteligencia (valor del índice “g”) y el grado de religiosidad de la población de diferentes países. Los autores, en su introducción, revisan los trabajos anteriores al respecto, e indican que las evidencias de la existencia de una relación negativa entre inteligencia y fe religiosa proceden de cuatro fuentes diferentes: 1) Correlación negativa entre las dos variables (como ejemplo, el IQ varió así en un estudio realizado con más de 14.000 norteamericanos jóvenes: No religiosos = 103’09; ligeramente religiosos = 99’34; moderadamente religiosos = 98’28; muy religiosos = 97’14). 2) Menores porcentajes de personas con creencias religiosas entre las personas más inteligentes que en el conjunto de la población. 3) Disminución de las creencias religiosas de niños y adolescentes conforme crecen y desarrollan sus habilidades cognitivas. 4) Disminución de la creencia religiosa durante el siglo XX conforme aumentaba la inteligencia de la población.

El resultado sintético del estudio se resume en que la correlación entre “g” y “descreimiento religioso” (religious disbelief) es de 0’60 para un conjunto de 137 naciones. Si se analizan por separado los dos segmentos, superior e inferior, en que puede dividirse el conjunto de datos (para comprobar si la relación es consistente en todo el rango) se obtienen correlaciones positivas en ambos, aunque esa correlación es alta en el tramo superior y baja en el inferior. Esto es, es entre los paises con mayor nivel de inteligencia y mayor “descreimiento” entre los que se produce la máxima variación.

Un último elemento de interés es que los autores atribuyen las diferencias observadas a factores de naturaleza genética y aducen que religiosidad (o creencias religiosas) es altamente heredable (heredabilidad de 0’4-0’5).

No sé por qué me parece que los creyentes no se van a creer las conclusiones de este estudio y los agnósticos y ateos, por el contrario, sí se las van a creer. Es natural que así sea. Yo me he limitado a poner aquí lo que he leído en una revista de investigación de cierto nivel. Que cada cual juzgue como mejor le parezca.

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Morir y matar en tiempos de crisis

Julio 16, 2009 · Dejar un comentario

Por cada punto porcentual de subida de la tasa de paro en los países europeos, el número de suicidios aumenta un 0’8% y otro tanto se eleva el número de asesinatos. Esto significa 310 muertes más al año por suicidio en el conjunto de Europa y 40 muertes más por asesinato. Sin embargo, disminuyen un 1’39% la muertes en accidentes de tráfico, lo que significa que mueren 630 personas menos al año por esa causa.

Si la subida del desempleo, en vez de ser de un punto porcentual, es de tres puntos, entonces las muertes por suicidios llegan a elevarse un 4’45% (1.740 muertes más) y las muertes por consumo abusivo de alcohol se elevan en un 28% (3.500 muertes más).

Los datos anteriores son ejemplos; no recogen de forma exhaustiva todas las posibles causa de muerte. En ningún caso las subidas del paro son beneficiosas en términos netos, porque el efecto sobre el conjunto de las muertes en menores de 65 años siempre es positivo.

También es importante el hecho de que los efectos del desempleo no son iguales en unos y otros países. Cuanto más ayuda social hay, menor es el efecto negativo de aquél. Así, por cada 10 $ gastados por persona en políticas activas de empleo, disminuye un 0’038% el efecto del desempleo sobre la tasa de suicidios.

Estos datos proceden de un trabajo publicado en la edición digital de la revista The Lancet (doi:10.1016/S0140-6736(09)61124-7) el pasado día 8 de julio. Los autores (D. Stuckler y col) analizan la incidencia de las condiciones socioeconómicas sobre tasas de mortalidad de personas de menos de 65 años de edad. Para ello, han utilizado datos de mortalidad, PIB, empleo y gasto en Seguridad Social correspondientes a 26 países de la Unión Europea desde 1970 hasta 2007. El artículo se titula “The public health effect of economic crises and alternative policy responses in Europe: an empirical analysis”.

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El efecto “n”

Julio 15, 2009 · Dejar un comentario

Dos investigadores del comportamiento, S. García (Michigan, EEUU) y A. Tor (Haifa, Israel), analizando los resultados de una prueba (SAT) que se realiza en los Estados Unidos para acceder a estudios universitarios, han observado que dichos resultados son peores cuanto mayor es el número de personas que realizan la prueba en una misma dependencia. También han observado el mismo fenómeno al analizar los resultados de una prueba analítica muy sencilla, denominada “Cognitive Reflection Test”.

Ese fenómeno podía tener más de una explicación. Podía deberse a que en los sitios con mucha gente hay más ruido y, en general, más distracción, u obedecer a un fenómeno de base psicológica, en el sentido de que los resultados estaban condicionados por la percepción que tenían los examinandos del número de posibles competidores.

Para dilucidar la cuestión, los investigadores hicieron investigaciones adicionales. En una primera, pidieron a un conjunto de estudiantes universitarios que realizaran una prueba sencilla lo más rápido que pudiesen, sin preocuparse demasiado por la corrección de las respuestas y ofrecieron una recompensa económica al 20% que lo hiciesen en menos tiempo. A la mitad les dijeron que competían contra otros diez y a la otra mitad, que lo hacían contra otros cien. Pues bien, la mitad que pensaban que competían contra diez respondieron al test en 29 s y la otra mitad en algo más de 33 s, una diferencia de más de un 10%. Es curioso que el resultado difiriese por el simple hecho de variar el número de competidores, sobre todo si se tiene en cuenta que el porcentaje premiado era el mismo en ambos casos, el 20%, como se ha dicho.

En una segunda prueba pidieron a unos estudiantes que imaginasen que participaban en una carrera de 5 km; unos creían que corrían en un grupo formado por 50 corredores y los otros que el grupo era de 500, y en ambos casos se les dijo que el 10% que obtuviese mejores posiciones se llevaría un premio de 1.000 dólares. Y lo que se les preguntaba era por el esfuerzo que estaban dispuestos a hacer en cada caso. El esfuerzo se expresaba en términos relativos, con un mínimo de 1 (correr algo más rápido que lo normal) y un máximo de 7 (la carrera más rápida de su vida). Resultó que los que creían correr contra 50 estaban dispuestos a realizar un esfuerzo mayor (5’4 en la escala de 1 a 7) que los que creían correr contra 500 (4’9 en esa misma escala).

En el artículo en el que han publicado los resultados (Psycological Science, vol. 20: 871-877), los autores del trabajo denominan efecto “n” (n de número en lenguaje matemático) a la influencia que ejerce la percepción del número de competidores sobre el esfuerzo que se está dispuesto a hacer para obtener unos resultados en un entorno competitivo. De confirmarse estos resultados, las implicaciones prácticas son evidentes, aunque no lo es tanto su significado. Es comprensible que se gradúe el esfuerzo en función de lo fácil o difícil que se perciba obtener recompensa cuando el número de recompensados es fijo, pero carece de sentido que esa misma graduación se haga cuando es un porcentaje el que recibe premio. Me inclino a pensar que, dado el proverbial anumerismo de la mayoría de los miembros de nuestra especie, los sujetos encuestados responden sin una noción clara de esa diferencia y pensando que la existencia de muchos competidores disminuye de suyo las posibilidades de obtener recompensa. De ser así, cabe pensar que la evolución nos ha dotado de una curiosa herramienta mental para economizar esfuerzos, sobre todo cuando pensamos que esos esfuerzos pueden ser baldíos. Pero la confusión número-porcentaje, a la que tan dada es nuestra especie, nos engaña una vez más.

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Los derechos de los cangrejos

Julio 14, 2009 · Dejar un comentario

Leo en el último número de New Scientist (11 de julio de 2009) un artículo de opinión acerca de los derechos animales. Se titula “Do the crabs have rights?” En el artículo, su autor, Peter Fraser, especialista en sistema nervioso de crustáceos, se manifiesta claramente en contra del propósito de los activistas pro-derechos de los animales de incluir a los crustáceos, e invertebrados en general, entre los animales beneficiarios de las leyes europeas a favor del bienestar animal.

El grupo activista “Advocates for Animals” ha preparado un informe en el que concluye que hay “potencial para experimentar dolor y sufrimiento” en los crustáceos, y por lo visto, se muestra especialmente preocupado por la práctica de cocer langostas vivas. Argumenta que hay gran similitud entre el sistema nervioso de los crustáceos y el nuestro, y sobre esa base pretende que se extienda a los integrantes de ese grupo los beneficios que ya reconoce la legislación a los vertebrados. Hasta ahora, los únicos invertebrados a los que se aplicaban esas leyes eran los pulpos.

Peter Fraser se opone a esas pretensiones. Y lo hace porque esa similitud que se invoca, según él, no es tal. El sistema nervioso, como tal sistema, puede tener alguna semejanza con el nuestro, pero hay enormes diferencias. Nosotros tenemos 100 mil millones de neuronas, mientras las langostas sólo tienen 100 mil. Nuestras neuronas conducen los impulsos nerviosos 100 veces más rápidamente que las de los crustáceos. Y sus cerebros carecen de los centros superiores en los que radica la percepción del dolor en los mamíferos. Como ejemplo práctico de las diferencias y semejanzas entre cangrejos humanos esgrime que los cangrejos, en efecto, pueden oír, pero son incapaces de apreciar la ópera. Tampoco hay evidencia concluyente al respecto de si sufren dolor o no. De hecho, los nervios sensoriales de los cangrejos de los mares templados se inhabilitan a temperaturas superiores a 25 ºC. Además de esas razones, es evidente que limitar la experimentación en neurofisiología con crustáceos sería muy perjudicial.

Hasta ahí las opiniones de Fraser. Yo, a esas opiniones, que comparto, añado otras para oponerme a la pretensión de “Advocates for Animals”. Seguro que hay muchas razones para tratar bien a los animales. Pero me parece inaceptable incluso que se maneje la noción de “derechos de los animales” en cualquier sentido que pueda conllevar menoscabo de los derechos o bienestar humanos. Me parece bien que no se infrinja daño gratuito alguno a los animales. Es más, creo que es bueno educar a la gente en ese sentido, e incluso legislar contra el maltrato gratuito. Porque pienso que cuanto más rechazo (innato o sobrevenido) experimentemos hacia el maltrato a los animales, más lo tendremos hacia el maltrato a los seres humanos. Dicho de otra forma, no quiero que se maltrate a los animales porque quien lo hace también tiene menos problemas para maltratar a las personas. Esto es una opinión, pero estoy absolutamente convencido de que es así; para ello me ha bastado conocer a algunas personas que maltratan sin problema a todo tipo de animales, incluidos sus semejantes.

Pero de ahí a tratar de extender derechos (humanos por definición) a los animales, cualesquiera que estos sean, me parece que hay un abismo. Denota un relativismo jurídico y moral de todo punto inaceptable, porque antes o después, ese camino nos igualará y nos conducirá a someter nuestro progreso, bienestar y nuestros mismos derechos a algo tan inasible y tan carente de sentido como son los derechos de unos seres que, también por definición, carecen de ellos.

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¿Monos hippies o monos asesinos?

Julio 13, 2009 · Dejar un comentario

Los muriquis  (Brachyteles sp.) viven en la selva atlántica brasileña y tienen fama de ser los primates más pacíficos e igualitarios del mundo. Por esa razón, -no sé si con demasiada propiedad-, se les denomina monos hippies. Hace poco tiempo, sin embargo, se ha registrado un episodio de tal violencia en un grupo de muriquis, que su reputación pacífica se ha venido abajo.

Un grupo de seis monos atacaron a un macho adulto hasta dejarlo malherido. Le propinaron mordiscos en la cara, cuerpo y genitales y una hora después del ataqué, murió. Mauricio Talebi, director del grupo de investigación de la Universidad de Sao Paulo-Diadema que está estudiando esta especie, sostiene que ese comportamiento tiene que ver con las condiciones en que se desenvuelven los monos en su entorno.

Los muriquis mejor estudiados hasta la fecha viven en las selvas del norte (Brachyteles hypoxanthus), donde abundan las hojas que les sirven de alimento. En esas poblaciones los machos esperan pacientemente su turno para copular con las hembras. Pero el ataque tuvo lugar en una población de la especie (Brachyteles arachnoides) que habita en las selvas del sur, en las que el alimento que consumen, -en este caso fruta-, se encuentra mucho más disperso. Por esa razón, las hembras se alejan con frecuencia de los grupos para poderlo conseguir, por lo que los machos disponen de menos oportunidades para practicar sexo que los de la especie que vive en el norte.

Según Mauricio Talebi, al disponer de menos oportunidades para practicar sexo, aumenta la tensión mutua, lo que da lugar a que se produzcan agresiones entre los machos. Además, en esta especie hay grupos muy cohesionados de hermanos y parientes, lo que hace muy vulnerables a los individuos que, por las razones que fuese, no forman parte de uno de esos grupos.

Puede que la hipótesis sea correcta y puede que no, pero a mí la explicación me parece muy razonable, porque esas circunstancias suelen ser las que determinan unos y otros comportamientos en el resto de primates, entre los que nos encontramos los seres humanos. Está claro, no obstante, que las cosas no son exactamente iguales en unas y otras especies, porque la historia evolutiva de cada una, así como otras características, sobre todo de carácter ambiental, determinan distintas estructuras sociales y familiares. Pero no cabe duda de que compartimos muchos comportamientos básicos y los impulsos que nos mueven a los individuos de unas y otras especies tienen mucho en común, más de lo que a algunos gustaría. Y como diría el otro, no hay nada de malo en ello; somos como somos, producto de nuestra historia y de nuestras circunstancias.

Nota: esto lo he leido en la revista American Journal of Primatology  71: 1-8 (DOI: 10.1002/ajp.20713)

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Comprando y vendiendo atusamiento

Julio 9, 2009 · 1 comentario

Es de sobra conocido que a los monos les gusta acicalarse o atusarse (o como decíamos en Salamanca, teclarse) unos a otros. Como ya dije aquí, parece que es una actividad que cumple la función de fortalecer las redes sociales, función que entre nosotros cumple el lenguaje. Acabo de leer en Proceedings of the National Academy of Sciences (DOI: 10.1073/pnas.0812280106) una bonita historia acerca del acicalamiento y su valor de mercado en las sociedades simias. Resumo a continuación lo que me ha parecido más reseñable de ese trabajo, que se hizo con un grupo de monos catarrinos del género Chlorocebus.

Según dicen los autores en el abstract, los animales no negocian verbalmente ni cierran contratos, pero eso no les impide intercambiar bienes y servicios de forma regular sin que medie coerción y arreglándoselas para acordar el precio. La teoría de los mercados biológicos predice que ese precio debe fluctuar en función de la ley de la oferta y la demanda, algo que parece bastante razonable, por cierto.

Estudios anteriores habían puesto de manifiesto que los primates pagan más cuando los bienes o servicios a intercambiar son más escasos; vamos, que vienen a hacer básicamente lo que los primates más listos hacemos normalmente. Así, los miembros subordinados de la comunidad deben acicalar a los superiores durante más tiempo para poder ser admitidos en los lugares de alimentación en los periodos de escasez; las hembras jóvenes atusan durante más tiempo a las madres antes de obtener autorización para tocar a las crías cuando hay pocos recién nacidos; y los machos atusan durante más tiempo a las hembras fértiles para poder emparejarse cuando hay menos hembras fértiles en la población.

En este trabajo los investigadores comprobaron que cuando a una hembra de bajo rango se le proporcionó (experimentalmente) un modo para poder suministrar más alimentos a la comunidad, se benefició de más tiempo de acicalamiento que otros miembros y tuvo que ofrecerse en menos ocasiones a acicalar a los miembros dominantes. Y además, cuando a una segunda hembra se le proporcionó la misma capacidad que a la anterior, resultó que el valor de intercambio del atusamiento de la primera hembra se redujo y el de la segunda aumentó hasta igualarse ambos.

No creo necesario explicitar algunas implicaciones de estas observaciones, pero no parece difícil trasladar algunas de estas conclusiones a los seres humanos.

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Menos guerras, menos muertos en las guerras

Julio 6, 2009 · Dejar un comentario

Existe la creencia generalizada de que el siglo XX, junto a grandes logros de la humanidad, nos dejó el periodo de máximo conflicto de la historia. Las dos guerras mundiales, junto con las políticas de exterminio nazi y stalinista, dejaron millones de muertos. En particular, el recurso a la bomba atómica ha dejado una marca negativa, aparentemente indeleble, en nuestra consideración para con el siglo. Fueron, efectivamente, millones las personas que murieron víctimas de la violencia.

Pero a pesar de ello, lo cierto es que el siglo XX no fue, seguramente, un siglo tan cruel. No lo fue, desde luego, si echamos la vista atrás y hacemos un repaso de la historia, hasta donde ello es posible.

En general se piensa que las guerras comienzan con la aparición de la agricultura y los asentamientos estables, como pronto, hace 15.000 años. Pero eso no está tan claro. En las modernas sociedades cazadoras-recolectoras se producen tasas de mortalidad de varones que, aunque muy variables, son altísimas, del orden de 20 o 30 más altas, -y como mínimo diez veces mayores-, que las correspondientes tasas resultantes de los conflictos entre potencias industriales del siglo pasado. Lógicamente, hay que pensar en términos porcentuales, no en cifras absolutas. En la Edad Media, también se producían diez veces más asesinatos que en el pasado siglo. Y todo indica que el tiempo nos ha venido haciendo más y más pacíficos, en contra de lo que piensan quienes se adhieren al mito del buen salvaje.

Y bien pensado, parece lógico que las cosas vayan en esa dirección. Steven Pinker sostiene que hay varias razones para ello: El primero es la constitución de estados estables con sistemas legales y fuerzas policiales efectivos. El segundo es el aumento de la esperanza de vida que hace que sea más lo que se puede perder de poner en riesgo nuestras vidas participando en un conflicto bélico. El tercero es el progreso de la globalización y las mejoras en las comunicaciones, pues han aumentado nuestra interdependencia y nuestra “proximidad” y contacto con los diferentes. Son, según él, las fuerzas de la modernidad las que hacen las cosas cada vez mejores.

Lo siento, pero no lo puedo evitar. Soy optimista. Nací decidido a ser feliz como aquel colega que dio título a una entrada anterior. Y espero que ni la gripe porcina ni ningún aguafiestas consigan hacerme cambiar de ánimo.

Nota: Las afirmaciones categóricas proceden o están basadas en un artículo (The end of war) del último número de New Scientist (4 de julio de 2009) y del capítulo 3 de “La tabla rasa” de S. Pinker.

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La cocina, motor evolutivo en homínidos

Julio 4, 2009 · 2 comentarios

Hace, más o menos, un par de semanas asistí a la presentación del libro “El animal que cocina. Gastronomía para homínidos” de mi amigo Eduardo Angulo. El libro es interesante y bonito. Está a medio camino entre la divulgación científica (acerca de lo que comían nuestros antepasados) y la pura especulación gastronómica (acerca de cómo lo preparaban). En el coloquio que siguió a la presentación, en el que también participó Fernando Canales (a quien parece que podremos ver este verano cocinando en la 1 de tve), del Etxanobe, surgió el asunto de la importancia evolutiva de la cocción o asado de los alimentos. Y da la casualidad de que este año, la Sociedad Americana para el Avance de la Ciencia ha celebrado en su reunión anual (13 de febrero) un seminario con el título “The Evolution of Human Diets“.

Una de las ideas principales que se manejó en el seminario coincidió con algo que comentó el propio Eduardo en el coloquio. La cocina ha jugado un papel determinante en la evolución humana, ya que gracias al efecto del calor, y por diferentes razones, el alimento es más fácilmente digerible y aprovechable cuando se cocina. Antes se pensaba que el gran tamaño de nuestro cerebro había sido posible gracias al paso de una dieta herbívora a otra carnívora, debido al muy superior contenido calórico de la carne. Sin embrago, sin dejar de ser eso cierto, parece que el efecto de la cocción es aún más importante. Así pues, podríamos incluso decir que la cocina ha sido el motor de la evolución humana, porque son los alimentos cocinados (con calor), los que nos han permitido tener un cerebro tan grande y desarrollado como el que tenemos.

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